Semillas de historia
Ayer tuve un sueño. Estaba tendido en la cama, no porque fuese la hora de dormir o estuviera cansado, sino porque, como tú bien sabes, hago cosas así cuando tengo ganas de pensar. Buscaba ideas para continuar la novela que te estoy escribiendo. Cuando me siento ante el cuaderno, recurro a ideas que tengo por ahí guardadas en forma de pequeñas semillas, ideas que nunca han sido expuestas a la mirada escrutadora de la razón, ideas que vuelan libres y se van transformando por sí solas. Porque si asumo la “verdad” de una idea, o si creo que se me ha ocurrido algo muy bueno, o si por ejemplo presencio un suceso interesante, las historias pierden todo su sentido y no me inspiran lo más mínimo. Es como romper una semilla. Por eso, cuando una y otra vez me preguntas qué escribo, me duelo a mí mismo, porque no quiero contártelo, no sólo por mí (no soy egoísta, como sabes), sino por esa pobre semilla de historia, que esconde más de lo que me enseña y, al enseñártela yo a ti, se pierde en las palabras: porque las palabras significan cosas, Julia: delimitan; pero las ideas… Pero, claro, tú me miras con esos ojos y me suplicas que te lo cuente, y, como humano que soy, no puedo más que hacerlo.
Ayer tuve un sueño, te decía. Estaba buscando en ese (llamémoslo así sólo entre tú y yo) baúl de semillas de historia, y, creo que fue justo antes de quedarme dormido, me acordé de la pesadilla de Raskolnikov en Crimen y Castigo. ¿Te acuerdas? ¡Dime que sí! ¡La historia del caballo apaleado! ¿Qué edad tendríamos entonces? ¿Trece? ¿Catorce? ¡Quién lo diría! Dos niños leyendo a Dostoievski en un parque de Sevilla mientras todos los demás se movían de aquí para allá, según los dictados de sus hormonas. ¡Cómo me acuerdo de cuánto te gustaba aquella historia! Aun habiéndola leído una sola vez en la vida, tengo grabada a fuego la imagen del pobre caballo maltratado y obligado a tirar de un carro atestado de borrachos. El ambiente, los rostros…, sin haberlos visto nunca, Julia, se me quedaron en la memoria. Supongo que así son los grandes libros.
Seguí pensando en la historia del caballo durante un largo rato, y una idea comenzó a dar vueltas por mi cabeza. Una duda, en realidad. Espero que te acuerdes y me lo aclares. ¿Recuerdas, por casualidad, si Raskolnikov decía que aquella pesadilla del caballo le hizo comprender en su temprana niñez lo que significaba morirse? Ojalá pudiera comprobarlo por mí mismo, pero aquí, como sabes, no tengo fácil acceso a librerías.
¿Por qué me cuentas esto?, te preguntarás. Como te decía, ayer tuve un sueño, y justo antes de quedarme dormido me acordé del capítulo de Crimen y Castigo. Pues ¡no te lo vas a creer! Resulta que soñé con mi primer recuerdo sobre la muerte, lo cual me sobrecogió muchísimo, tanto que no pude volver a dormirme. ¿Comprendes lo que quiero decirte? Como para todo en la vida, también hay una primera vez en la que procesamos el significado de la palabra “muerte”. Y ayer recordé cuál fue ese momento para mí. Me desperté sobresaltado, todo sudado, y comencé a caminar por el salón de un lado a otro, hasta que finalmente decidí acostarme en la bañera con un par de cigarros y la radio. Ya sabes que me gusta escuchar jazz en el baño. No puedo explicar lo que sentí al despertarme, querida Julia, porque nunca había sentido nada así. ¿Cómo puede un recuerdo estar alojado tantos años en una mente sin hacerse notar lo más mínimo? ¿Acababa de inventar aquello mi imaginación? ¿Lo habría colocado algún genio maligno, por alguna misteriosa razón que mi ingenua humanidad nunca podría adivinar?
Debo ser sincero contigo. Hace dos días que escribí el párrafo anterior, y hasta ahora no he tenido fuerzas para continuar. Sólo una cosa me anima a seguir escribiendo: el deseo de echar la carta en el buzón para imaginarme las caras que pondrás cuando la leas. Un día y otro, te aviso ya, me levantaré soñándote de una forma distinta: sonriendo cuando recibes el sobre, ilusionada cuando lees lo de Dostoievski… En cada fantasía te me aparecerás de una forma aún mejor.
Pero no te preocupes, Julia, te voy a contar el sueño. Había comenzado a visualizar una idea buenísima para una trama de la novela que te estoy escribiendo, por eso abandoné la carta el otro día, pero creo que ese recuerdo debe formar parte de nuestra historia compartida, de nuestra realidad.
¿Sabes eso que dicen, creo que eran los psicoanalistas, acerca de que el primer recuerdo de nuestra infancia determina nuestra personalidad? Pues resulta que lo primero que recuerdo de toda mi vida es, precisamente, el momento aquel en que por primera vez comprendí el significado de la palabra “muerte”. No sé, tal vez por eso he sido siempre una persona callada, preocupada o ensimismada.
Tendría yo dos o tres años, y estaba con mi padre visitando las marismas de Doñana. Sería un domingo, seguro, porque recuerdo que en esa época salíamos a comer o íbamos a la playa ese día casi todas las semanas. Mi padre me agarraba la mano, y recuerdo que yo a veces miraba hacia arriba para adivinar los gestos de su cara; con esa edad, los niños comprenden las expresiones mejor que las palabras, supongo. Caminábamos por un paseo de adoquines, y a nuestro alrededor sólo se veía el manto plateado de la marisma, coronada aquí y allá por revoltosos zigzagueos de cigüeñas, flamencos y gaviotas… ¡Un verdadero espectáculo! (Por cierto, ¡es increíble cómo las cosas que se guardan en la memoria tienen a veces más colores que la propia realidad!) Bueno, pues íbamos caminando por aquel paseo de fantasía costera. Mi padre me iba diciendo cosas que creo me complacían bastante; seguramente iríamos a comer a algún sitio conocido para nosotros, o algo por el estilo (eres también, querida, una gran conocedora de mi afición a la comida). En cierto momento, nos paramos ante un monumento que había allí, y nos hicimos algunas fotos con un aparato para mí extrañísimo que mi padre acababa de comprarse. ¡Las cámaras de carrete, qué maravilla! Aún guardo aquellas fotografías. Siempre las he tenido conmigo ¿sabes? Y siempre he recordado aquel suceso como si hubiese sido el primer día de mi vida, por decirlo así.
Cuando en el sueño recordé el paseo por la marisma, y cuando me di cuenta de que ese mismo día había comprendido lo que significaba morirse, me sentí desbordado. Al principio pensé que había sido sólo un sueño, como podrás pensar tú, pero te juro que no. Conforme avanzó el día, me fui acordando de más y más, hasta darme cuenta de que ese suceso siempre había estado ahí. Durante toda mi vida me estuve acordando de la mano de mi padre agarrando la mía sobre el paisaje de gaviotas y cigüeñas, pero el resto había desaparecido. Y el resto, Julia, era que seguimos caminando por el paseo de la marisma hasta que en cierto momento vimos un pájaro enorme tendido en el suelo, ante nuestros pies. Mi padre no pareció darle toda la importancia que aquello tenía, o tal vez es que yo era tan pequeño que el pájaro me pareció algo asombroso. Él, simplemente, dijo: «¡Ay, pobrecito, que se ha muerto!», y seguimos caminando. Y yo, sin llegar él a saberlo nunca, me quedé marcado por aquellas palabras. ¿Cómo que se ha muerto? ¿Qué es eso?... ¡Ah, vaya…!
Y luego, Julia, me acordé de algo muy curioso que me ocurrió durante varios años. Creo que esto ya te lo he contado alguna vez. Tenía aún menos de diez años, y, a lo largo de eternas noches, me acostaba con miedo de no volver a levantarme nunca. ¿Qué es morir sino lo mismo que dormir?, pensaba. ¿Qué es dormir sino lo mismo que morir, sólo que al día siguiente un nuevo yo se levanta a hacer una nueva vida? Cosas de niños, puede ser, pero durante un tiempo siempre me fui a la cama pensando que, al día siguiente, aquel que despertaría bajo las sábanas no sería yo; pensaba que el sueño, por así decirlo, interrumpiría mi vida tal cual yo la conocía, que en ese espacio de tiempo se rompía la continuidad de mi ser.
En fin, sé que no es para ti una novedad que te hable de cosas como estas. ¿Recuerdas lo que te dije en la carta anterior? Intento acostumbrarme al hecho de que hayas muerto, lucho sin descanso día tras día por olvidar todo lo tuyo que pueda hacerme daño. Tú misma lo dijiste: no está bien sufrir por lo que no podemos remediar. Como humanos que somos, no podemos enfrentarnos a la trágica necesidad del mundo. Pero ¿cómo voy a olvidarte? Sé que sigues viva; sé que tus setenta y tantos años se parecen a una flor germinando; sé que allá, por la costa de Menorca, tu piel y tu bonito pelo deben deslumbrar a todos los bañistas. ¿Cómo, por mucho que no vayamos a vernos más, voy a imaginarme que has muerto? Sé tantas cosas de ti que hasta podría confundir nuestras vidas. No te extrañe, de hecho, que así suceda, que un día me vuelva del todo loco y me levante de la cama creyendo ser Julia, vistiendo como ella y asomándome a la montaña para ir a bañarme en las aguas heladas del lago, como supongo que haría Julia en su playa cada mañana. Decías que si me convencía de que habías muerto iba a sufrir menos, y al principio intenté creerte. Pero comenzaste a enviarme cartas, cartas que firmabas con un “Tu espectro” y que procedían de la dirección de tu casa, allá en tu Mediterráneo. ¿Cómo voy a creer que has muerto, si bajo aquel nombre te me aparecías aún más real?
Al parecer, querida, mi vida ha girado siempre en torno a la muerte. ¿Qué puedo hacer aquí, ahora, al final de mi vida, para redimirme? Dije que te escribiría una novela, y cada día intento redactar algunas páginas. Pero la mayor parte del tiempo la paso recordándote o esperando tus cartas, o imaginando las caras que pones cuando lees las mías.
Por las mañanas, como ya te he dicho, suelo pasear por el monte; salgo con mi cámara de fotos o con un saco para recoger leña, y me llevo cuatro o cinco horas de aquí para allá, observando y retratando a los animales, fumando, echando una siesta, recolectando ideas para la novela… Por las tardes, escucho la radio o escribo, o me pongo a revelar fotos de días anteriores. ¿No te he dicho que me hice con una cámara como la que tenía mi padre? Puedes imaginar lo difícil que es para mí comprar carretes, así que tengo que decidir muy bien qué momentos son dignos de ser fotografiados. Así es más divertido, en realidad. Y, bueno, por las noches sabes que siempre leo algún libro. En fin, una vida posiblemente envidiable para aquel que no la tiene, pero poco deseable para quien se enfrenta a ella día tras día.
Muero de ganas por leerte de nuevo. El mundo a mi alrededor va hacia adelante mientras mi corazón parece hacerse más débil. Sólo tengo tu recuerdo, Julia. Sé que tú has sido la razón de mi vida, la semilla de mi historia. Así que, por favor, no dejes de escribirme ni de ocultarte en tu forma fantasmal. No olvides nuestros días en Sevilla. Y, si quieres, envíame un carrete para que pueda mandarte fotografías; nada me haría más feliz que saber que tus ojos ven lo mismo que los míos, la misma flor, el mismo lago, las mismas nubes. Así podré sentir, aunque sea sólo una ilusión, que tu mundo y el mío están representados en el mismo escenario, encadenados a una vieja historia como hojas caducas a punto de ser arrancadas por el otoño.
Recibe el beso más fuerte.
Comentarios
Publicar un comentario